martes, febrero 28, 2012

Un testimonio

Por Alberto Hurtado Cruchaga, S.I.


He encontrado en mi camino uno de esos apóstoles ardientes, siempre alegre a pesar de sus fatigas y de sus fracasos. Le he preguntado el secreto de su vida. Un poco sorprendido, me ha abierto su alma; he aquí su secreto:

“Ud. me pregunta cómo se equilibra mi vida. Yo también me lo pregunto. Estoy cada día más y más comido por el trabajo: correspondencia, teléfono, artículos, visitas; el engranaje terrible de los negocios, Congresos, Semanas de Estudio, conferencias prometidas por debilidad, por no decir no, o por no dejar esta ocasión de hacer el bien; presupuestos que cubrir; resoluciones que es necesario tomar ante acontecimientos imprevistos. La carrera a ver quién llegará primero en tal apostolado urgente, en que la victoria materialista aún no es definitiva. Soy con frecuencia como una roca golpeada por todos lados por las olas que suben. No queda más escapada que por arriba. Durante una hora, durante un día, dejo que las olas azoten la roca; no miro el horizonte, sólo miro hacia arriba, hacia Dios.

¡Oh bendita vida activa, toda consagrada a mi Dios, toda entregada a los hombres, y cuyo exceso mismo me conduce, para encontrarme y dirigirme hacia Dios! Él es la sola salida posible; en mis preocupaciones, mi único refugio.

Las horas negras vienen también. La atención tironeada continuamente en tantas direcciones, llega el momento en que no puede más: el cuerpo ya no acompaña la voluntad. Muchas veces ha obedecido, pero ahora ya no puede... La cabeza está vacía y adolorida, las ideas no se unen, la imaginación no trabaja, la memoria está como desprovista de recuerdos ¿Quién no ha conocido estas horas?

No hay más que resignarse durante algunos días, algunos meses, quizás algunos años, a detenerse. Ponerse testarudo sería inútil: se impone la capitulación; y entonces, como en todos los momentos difíciles, me escapo a Dios, le entrego todo mi ser y mi querer a su providencia de Padre, a pesar de no tener fuerzas ni siquiera para hablarle.

Ah, y cómo he comprendido su bondad aún en estos momentos. En mi trabajo de cada día, era a Él a quien yo buscaba, pero me parece que aunque mi vida le estaba entregada, yo no vivía bastante para Él... ahora sí... en mis días de sufrimiento yo no tengo más que a Él delante de mis ojos, a Él sólo... en mi agotamiento y en mi impotencia.

Nuevos dolores en mis horas de impotencia me aguardan. Las obras a que me he entregado, gravemente amenazadas; mis colaboradores, agotados ellos también a fuerza de trabajo; los que deberían ayudarnos redoblan su incomprensión; nuestros amigos nos dan vuelta la espalda o se desalientan; las masas que nos habían dado su confianza, nos la retiran; nuestros enemigos se yerguen victoriosamente contra nosotros; la situación es como desesperada; el materialismo triunfa; todos nuestros proyectos de trabajo por Cristo yacen por tierra.

¿Nos habíamos engañado? ¿No hemos sido trabajadores de Cristo? ¿La Iglesia de nuestro tiempo, al menos en nuestra patria, resistirá a tantos golpes? Pero la fe dirige todavía mi mirada hacia Dios. Rodeado de tinieblas me escapo más totalmente hacia la luz.

En Dios me siento lleno de una esperanza casi infinita. Mis preocupaciones se disipan. Se las abandono. Yo me abandono todo entero entre sus manos. Soy de Él y Él tiene cuidado de todo y de mí mismo. Mi alma por fin reaparece tranquila, serena. Las inquietudes de ayer, las mil preocupaciones porque "venga a nosotros su Reino" y aun el gran tormento de hace pocos momentos ante el temor del triunfo de sus enemigos... todo deja sitio a la tranquilidad en Dios, poseído inefablemente en lo más espiritual de mi alma. Dios: la roca inmóvil contra la cual se rompen en vano todas las olas. Dios, el perfecto resplandor que ninguna mancha empaña; Dios, el triunfador definitivo está en mí. Yo lo alcanzo con plenitud al término de mi amor. Toda mi alma está en Él, y luego, dulcemente, seguramente, como si los combates de la vida y las inseguridades e incertidumbres me hubieran completamente abandonado. Estoy bañado de su luz. Me penetra con su fuerza. Me ama.

Yo no sería nada sin Él. Simplemente yo no sería. Y he aquí que me ha dado naturaleza y ser, y pasando por encima de mis pecados, que Él ha cubierto con su Vida, he aquí que me ha divinizado.

Yo lo conozco, yo lo amo con el conocimiento con que Él se conoce, con el amor con que Él se ama. Estoy lejos, muy lejos, de los ruidos del mundo y de sus negocios. Estoy en Él, por encima de mí mismo, como si no fuera un pecador, como si yo no lo hubiera rechazado jamás, como si hubiera sido siempre de la familia...

El optimismo que en esos días de triunfo del mal me había abandonado, ha vuelto. La Iglesia triunfa, en cada uno de sus hijos; en primer lugar, los que se han entregado a ella... y en los cuales se establece invadiéndolo todo, el reino de Dios; en los que se revuelven contra ella, pero que vuelven de vez en cuando a pedir perdón, y cuyo último instante, a pesar de todos los desfallecimientos, será un instante de plegaria y de amor.

La Iglesia de Dios se establece y triunfa por el trabajo heroico de sus santos; por la plegaria de sus contemplativas, encerradas en vida; por la aceptación de las madres a la obra de la naturaleza, y que van a realizar en su hogar la obra de la ternura y de la fe; por la educación del que enseña y por la docilidad del que escucha. Por las horas de fábrica, de navegación, de campo a sol y lluvia; por el trabajo del padre que cumple así su deber cotidiano. Por la resistencia del patrón, del político o del dirigente de sindicato a las tentaciones del dinero, al acto deshonesto que enriquece. Por el sacrificio de la viuda tuberculosa que deja niñitos chicos y se une con amor a Cristo crucificado. Por la energía del miembro de la Juventud obrera Católica que sabe permanecer alegre y puro en medio de egoístas y corrompidos. Por la limosna del pobre que da lo necesario... La Iglesia en todo momento se construye y triunfa.

No, no es hora de desesperar. Dios se sirve aun de sus enemigos para establecer su reino. Su voluntad no es totalmente mala, su razón no está totalmente obscurecida. Cuando ven y quieren el bien, lo que ciertamente hacen, construyen también con nosotros, son instrumentos de Dios.

Para el cristiano, la situación no es jamás desesperada. Por la luz que recibimos de lo alto, por el don que cada uno hace de sí, construimos la Iglesia. Su triunfo no se obtendrá sino después de rudos combates”


... Hasta aquí mi amigo. Se calla, como avergonzado de haberse abierto tan profundamente. Siento que no tiene más que decirme, pero he comprendido su lección: si lo encuentro siempre alegre, siempre valiente, no es porque le faltan dificultades, sino porque en medio de ellas sabe siempre escaparse hacia Dios. Su sonrisa, su optimismo vienen del cielo

miércoles, febrero 22, 2012

Introducción sinfónica

Gustavo Adolfo Bécquer

Los extravagantes hijos de mi fantasía, duermen por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, esperando en el silencio que el Arte los vista de la palabra, para poderse presentar decentes en la escena del mundo.

Fecunda, como leche de amor de la Miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi Musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándolo de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma.

Y aquí, dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida obscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación, dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse, al beso del sol, en flores y frutos.

Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la medianoche, que a la mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y agitándose en terrible, aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por dónde salir a la luz de las tinieblas enque viven. Pero¡ay!, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo, que sólo puede salvar la palabra, y la palabra, tímida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos. Mudos, sombríos e impotentes, después de la lucha inútil lucha vuelven a caer en los surcos de las sendas, si cae el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino.

Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas de mis fiebres; ellas son la causa, desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y así, aunque mal, vengo viviendo hasta aquí, paseando por entre la indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza. Así vengo viviendo; pero todas las cosas tienen un término, y a éstas hay que ponerles punto.

El Insomnio y la Fantasía siguen procreando en monstruoso maridaje. Sus creaciones, apretadas ya como las raquíticas plantas de vivero, pugnan por dilatar su fantástica existencia, disputándose los átomos de la memoria como el escaso jugo de una tierra estéril. Necesario es abrir paso a las aguas más profundas, que acabarán por romper el dique, diariamente aumentadas por un manantial vivo.

¡Andad, pues; andad y vivid con la única vida que puedo daros! Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables. Os vestirá aunque sea de harapos, lo bastante para que no avergüence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estrofa tejida de frases exquisitas, en la que os pudierais envolver con orgullo, como en um manto de púrpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de conteneros, como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume. ¡Más es imposible

 No obstante, necesito descansar; necesito, del mismo modo que se sangra el cuerpo por cuyas hinchadas venas se precipita la sangra con pletórico empuje, desahogar el cuerpo, insuficiente a contener tantos absurdos.

Quedad, pues consignados aquí, como la estela nebulosa que señala el paso de un desconocido cometa; como los átomos dispersos de un mundo en embrión que aventa por el aire la muerte antes que su Creador haya podido pronunciar el Fiat Lux que separa la claridad de las sombras.

No quiero que en mis noches sin sueño volváis a pasar por delante de mis ojos, en extravagante procesión, pidiéndome con gestos y contorsiones que os saque a la vida de la realidad, del limbo en que vivís semejantes a fantasmas sin consistencia. No quiero que al romperse esta arpa vieja y cascada ya se pierdan, a la vez que el instrumento, las ignoradas notas que contenía. Deseo ocuparme un poco del mundo que me rodea, pudiendo, una vez vacío, apartar los ojos de este mundo que llevo dentro de la cabeza. El sentido común, que es la barera de los sueños, comienza a flaquear, y las gentes de diversos campos se mezclan y se confunden. Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido; mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales; mi memoria clasifica revueltos nombres y fechas de mujeres y días que no han existido sino en mi mente. Preciso es acabar arrojandos de la cabeza de una vez para siempre.

Si morir es dormir, quiero dormir en paz en la noche de la Muerte, sin que vengáis a ser mi pesadilla, maldiciéndome por haberos condenado a la nada antes de haber nacido. Id, pues, al mundo, a cuyo contacto fuisteis y quedad en él como el eco que encontraron en un alma que pasó por la tierra sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas.

Tal vez muy pronto tendré que hacer la maleta para el gran viaje; de una hora a otra puede desligarse el espíritu de la materia para remontarse a regiones más puras. No quiero, cuando esto suceda, llevar conmigo, como el abigarrado equipaje de un saltimbanqui, el tesoro de oropeles y guiñapos que ha ido acumulando la fantasia en los desvanes del cerebro.


lunes, enero 16, 2012

Ha llegado una carta...

Simplemente apareció una mañana en mi escritorio.

Casi mezclada, entre algunos papeles -rezagos de mis anotaciones, de las copias que sirvieron como materiales o de algún documento de la casa- que desordenados estaban listos para acomodarse, la mayoría, y otros para la basura, yacía una hoja de papel doblada, que ni mínimamente suponía yo iba a causar semejante impacto en mí.

Apareció en la última mañana antes de volver.

De pronto me pareció que no era mía y mi curiosidad luchaba contra el tiempo de ordenarlo todo... de hacer maletas para regresar a casa en el tiempo previsto. Sin embargo, en este "negocio" he aprendido a seguir mis corazonadas y por ello, para sentir y gustar de lo que fuera, decidí guardarla, sin leerla pero no sin sospechar, en el bolsillo más seguro que tuviera.

Ya con calma mientras la abría, mi mente barajaba las posibilidades y al notar en un dibujo su procedencia mi corazón comenzó a latir más rápido, pesando lo que pudiera contener. Debo confesar que por un instante pensé que podía ser algo trivial. Al principio me costó encontrar su inicio pues el texto estaba al reverso de un curioso gráfico que después entendería era "dibujado viendo mi mano dibujar".

Hacía tiempo no había capturado una declaración tan sincera, de amistad, aprecio y respeto. Un detalle tan fino que en sus palabras él mismo se sorprendía de lo "tenaz de nacer del corazón...".

Enseguida todo cobró sentido, sobre todo el perderse de las miradas, -que en algún momento pensé que solo me huían por alguna causa-, y que mas bien me buscaban tal y como yo mismo lo hacía, pero que evitaban encontrarse para no causar incomodidad.

"Pero quiero ser bien claro ja ja ja"... con una diafanidad que ni yo mismo me había atrevido a tener, por una mezcla de respeto y cobardía.

No sé si a todos les pase, pero a menudo al tratar con tantos estudiantes, yo quisiera que todos ellos valoraran el real aprecio  que les tengo y que torpemente quizá intento transmitirles. Y una carta como esa realmente da sentido a mi vocación personal y muestra la delicadeza de la persona a través de palabras que raramente podrían ser exclusivamente salidas de la cabeza sino que responden abiertamente a lo que siente el corazón.

¡Cómo una sola hoja puede hacer tanto bien!

Gracias al alumno, al ser humano, al amigo, que se ha mostrado como quizá pocas veces, con tanta finura de sentimientos. Tal y como lo escribe, me sentí conmovido hasta las entrañas, hasta las lágrimas y más orgulloso todavía de lo que pude haber dicho antes, casi por primera vez papá...

Ciertamente hay una conexión; de alguna manera pareciera haber sido escrita por mí mismo... mas bien para mí mismo, como si supiera exactamente lo que siento en detalle; sentimiento, además que es recíproco como recíproca es esta carta de agradecimiento que escribo ahora por tan noble gesto.

Lo único que en este momento se me viene a la mente es desear que se cumplan todos sus deseos futuros, los que se encuentran escritos y aquellos que seguro reposan en el interior del corazón. Y lo digo con cariño, aprecio, respeto y agradecimiento esperando que así sea.

lunes, diciembre 12, 2011

Reflexiones cerca de la media noche

Hace un par de días atrás me encontré de casualidad con una película que pasaban por un canal de TV por cable y hacía poco había comenzado. Me conmovió hasta las lágrimas.

Era la historia de un empleado jubilado que al morir su esposa se queda solo, pese a que tenía cuatro hijos, con quienes hablaba poco y que vivían lejos de él. Un día decide visitarlos debido a que ellos declinan a última hora la invitación que les hiciera para ir a su casa. En su camino recorre largas distancias en tren y autobús .

Cuando encuentra a cada uno, luego de tomar varias fotos con su vieja cámara de rollo, siempre termina haciéndoles la misma pregunta, ¿eres feliz?, y ellos siempre le responden fabricando una intrincada trama de verdades a medias "para no preocuparlo" mientras la vida se pasa y se termina, se carcome, se aisla, se calla y casi muere.

¡Eres feliz!

¡Cuántas veces las personas tenemos miedo de hacernos esa pregunta simplemente porque es más fácil vivir de espaldas (no ser responsables) con lo que en verdad sentimos!
¡Cuántas veces evadimos el cuestionarnos porque nos han enseñado que la respuesta está en lo extremo, en la adrenalina y en el peligro, o en lo fácil, en la comodidad de vivir "a la libre"!
¡Cuántas veces las personas ni siquiera nos preguntamos... casi podríamos decir que no tenemos conciencia de nosotros mismos!

Y construimos una felicidad fundamentada en las propagandas del estatus, de la imagen, del poseer... como un niño que posee un juguete hasta que se cansa del él, lo tira o lo rompe...

¿Eres feliz?

Sí que lo soy, porque siento que tengo una vida completa e inacabada, con personas a las que quiero y que me quieren pese a mi torpeza para contar chistes y mi timidez; porque siento que todavía tengo formas de ser útil a mi comunidad y con mi trabajo por ahora les respondo de maneras diversas; porque disfruto, lo mismo con soñar en grandes estructuras que con detenerme a admirar los pequeños detalles de las cosas simples que veo en los jardines o en las nubes... porque en un futuro -que espero sea cercano- tengo que aprender a tocar el saxofón...

Quizá lo que deba ahora hacer es lo mismo que hiciera el protagonista de la película: iniciar el viaje, solo para asegurarme de que mis seres queridos son lo que quieren ser: para sentirlos, para quererlos, para compartir más tiempo con ellos y con ellos también continuar descubriendo mi propia felicidad.

Saber que ahora sí, aún en medio de cualquier problema que pudiere existir, todos estamos bien... todos estamos bien...

miércoles, octubre 19, 2011

Una historia

No, no fue el del Pato Urrutia. Él nació en la misma fecha pero un año antes. Ni el de Paul Robinson, otro futbolista pero británico, quien en cambio nació un año después.

Once años más tarde de la fecha que nos ocupa, el Congreso Nacional Africano liderado por Nelson Mandela fue legalizado tras casi treinta años de prohibición.
Y ese mismo día, pero luego de treinta y tres años, en más de seiscientas cincuenta ciudades de cerca de ochenta países se llevó a cabo manifestaciones pacíficas para reclamar un cambio por la mala gestión de la clase política...

Un día después, asumió el pontificado un polaco, Juan Pablo II.
Y treinta y siete días antes, la bella ciudad de Quito había sido declarada por la Unesco como primer patrimonio cultural de la humanidad.

En ese mismo año, pero el 19 de junio, se publicó en 49 periódicos la primera historieta del popular gatito naranja regordete, Garfield.
Y el 25 de ese mismo mes, Argentina ganaba la copa mundial de fútbol de la FIFA.

Nadie, -y evidentemente yo menos-, sabía que don Omar había nacido aquel año, el 10 de febrero. Aunque probablemente sí se recuerde que en ese año salió a la luz y dio a la fama la célebre película Grease (Vaselina) y otra ganó el Globo de oro, El expreso de media noche...

Una historia, tantas historias, como las que me he encontrado yo mismo en estos treinta y tres años de vida, desde cuando nací ochomesino allá en la clínica del centro histórico con el doctor Mosquera y cerca de las diez de la noche.

Tantas historias como posibilidades de aprender, emprender, disfrutar y equivocarme en los buenos oficios de niño cantante que al cambiar la voz dejó de hacerlo y mas bien recurrió al sintetizador como plan b.
O de periodista, fotógrafo, sonidista (lo que me llevó a destruir el equipo de sonido de la familia y a estropear muchas horas de los mejores cassettes de música de mis padres con todo tipo de grabaciones...) y luego teólogo, ingeniero y profesor...

Contextos, lugares, amigos y amores, travesuras... como el sacar, a los 15, a escondidas, la pequeña camioneta Datsun 1200 de mi vecino y con él y otro amigo más recorrer algunos kilómetros de ingenuas aventuras de bombas y agua en carnaval, entre otras que como aquel lugar de la mancha, tampoco quiero acordarme.

Nunca fui bueno para los deportes, al menos oficiales. Excepción hecha por el básquet, cuya práctica aún en medio de "gigantes" me resultaba divertida y provechosa, esforzada y gratificante, pues normalmente me encontraba en el bando ganador. Todavía me acuerdo cuando un amigo seleccionado del colegio comenzó a llamarme "Air Panchito", ja ja.
Experiencia radicalmente diferente de mi repentino paso por el equipo de gimnasia... repentino y esforzado, casi doloroso pero muy bueno al fin.

33 años que se han pasado como un suspiro pero que llevan detrás de sí el regalo de haberlos vivido, -y vivirlos todavía-, de la mejor forma que he podido, quizá algo tímido y silencioso pero muy alegre en mi familia y los amigos que he podido hacer y quienes han hecho mi vida más bella, digna de ser disfrutada y muestra de la bondad de Dios manifiesta.

Una historia, tantas historias, que como dice un amigo, se han escrito rectas aún con renglones torcidos y quieren seguir haciéndolo en lo sencillo de las cosas buenas y con la misma alegría de las carreras de bicicletas cuando había que levantarse temprano para salir a jugar en las vacaciones.

Con una sola certeza al compartirlas... que esta historia continuará...

martes, octubre 04, 2011

Los pecados de Haití

Por: Eduardo Galeano
16 de enero de 2010









La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de querer un país menos injusto.

El voto y el veto

Para borrar las huellas de la participación estadounidense en la dictadura carnicera del general Cedras, los infantes de marina se llevaron 160 mil páginas de los archivos secretos. Aristide regresó encadenado. Le dieron permiso para recuperar el gobierno, pero le prohibieron el poder. Su sucesor, René Préval, obtuvo casi el 90 por ciento de los votos, pero más poder que Préval tiene cualquier mandón de cuarta categoría del Fondo Monetario o del Banco Mundial, aunque el pueblo haitiano no lo haya elegido ni con un voto siquiera.

Más que el voto, puede el veto. Veto a las reformas: cada vez que Préval, o alguno de sus ministros, pide créditos internacionales para dar pan a los hambrientos, letras a los analfabetos o tierra a los campesinos, no recibe respuesta, o le contestan ordenándole:

-Recite la lección. Y como el gobierno haitiano no termina de aprender que hay que desmantelar los pocos servicios públicos que quedan, últimos pobres amparos para uno de los pueblos más desamparados del mundo, los profesores dan por perdido el examen.

La coartada demográfica

A fines del año pasado cuatro diputados alemanes visitaron Haití. No bien llegaron, la miseria del pueblo les golpeó los ojos. Entonces el embajador de Alemania les explicó, en Port-au-Prince, cuál es el problema:

-Este es un país superpoblado -dijo-. La mujer haitiana siempre quiere, y el hombre haitiano siempre puede.

Y se rió. Los diputados callaron. Esa noche, uno de ellos, Winfried Wolf, consultó las cifras. Y comprobó que Haití es, con El Salvador, el país más superpoblado de las Américas, pero está tan superpoblado como Alemania: tiene casi la misma cantidad de habitantes por kilómetro cuadrado.

En sus días en Haití, el diputado Wolf no sólo fue golpeado por la miseria: también fue deslumbrado por la capacidad de belleza de los pintores populares. Y llegó a la conclusión de que Haití está superpoblado… de artistas.

En realidad, la coartada demográfica es más o menos reciente. Hasta hace algunos años, las potencias occidentales hablaban más claro.

La tradición racista

Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934. Se retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros. Entonces Robert Lansing, secretario de Estado, justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene “una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización”. Uno de los responsables de la invasión, William Philips, había incubado tiempo antes la sagaz idea: “Este es un pueblo inferior, incapaz de conservar la civilización que habían dejado los franceses”.

Haití había sido la perla de la corona, la colonia más rica de Francia: una gran plantación de azúcar, con mano de obra esclava. En El espíritu de las leyes, Montesquieu lo había explicado sin pelos en la lengua: “El azúcar sería demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su producción. Dichos esclavos son negros desde los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima. Resulta impensable que Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro”.

En cambio, Dios había puesto un látigo en la mano del mayoral. Los esclavos no se distinguían por su voluntad de trabajo. Los negros eran esclavos por naturaleza y vagos también por naturaleza, y la naturaleza, cómplice del orden social, era obra de Dios: el esclavo debía servir al amo y el amo debía castigar al esclavo, que no mostraba el menor entusiasmo a la hora de cumplir con el designio divino. Karl von Linneo, contemporáneo de Montesquieu, había retratado al negro con precisión científica: “Vagabundo, perezoso, negligente, indolente y de costumbres disolutas”. Más generosamente, otro contemporáneo, David Hume, había comprobado que el negro “puede desarrollar ciertas habilidades humanas, como el loro que habla algunas palabras”.

La humillación imperdonable

En 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas de Napoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las Américas. Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han sido, son y serán inferiores.

La bandera de los libres se alzó sobre las ruinas. La tierra haitiana había sido devastada por el monocultivo del azúcar y arrasada por las calamidades de la guerra contra Francia, y una tercera parte de la población había caído en el combate. Entonces empezó el bloqueo. La nación recién nacida fue condenada a la soledad. Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía.

El delito de la dignidad

Ni siquiera Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje de firmar el reconocimiento diplomático del país negro. Bolívar había podido reiniciar su lucha por la independencia americana, cuando ya España lo había derrotado, gracias al apoyo de Haití. El gobierno haitiano le había entregado siete naves y muchas armas y soldados, con la única condición de que Bolívar liberara a los esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió con este compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó a las naciones americanas a la reunión de Panamá, no invitó a Haití pero invitó a Inglaterra.

En realidad, las colonias españolas que habían pasado a ser países independientes seguían teniendo esclavos, aunque algunas tuvieran, además, leyes que lo prohibían. Bolívar dictó la suya en 1821, pero la realidad no se dio por enterada. Treinta años después, en 1851, Colombia abolió la esclavitud; y Venezuela en 1854.

Estados Unidos reconoció a Haití recién sesenta años después del fin de la guerra de independencia, mientras Etienne Serres, un genio francés de la anatomía, descubría en París que los negros son primitivos porque tienen poca distancia entre el ombligo y el pene. Para entonces, Haití ya estaba en manos de carniceras dictaduras militares, que destinaban los famélicos recursos del país al pago de la deuda francesa: Europa había impuesto a Haití la obligación de pagar a Francia una indemnización gigantesca, a modo de perdón por haber cometido el delito de la dignidad.

La historia del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es también una historia del racismo en la civilización occidental.

La maldición blanca

El primer día del año 2004, la libertad cumplió dos siglos de vida en el mundo. Nadie se enteró, o casi nadie. Pocos días después, el país del cumpleaños, Haití, pasó a ocupar algún espacio en los medios de comunicación; pero no por el aniversario de la libertad universal, sino porque se desató allí un baño de sangre que acabó volteando al presidente Aristide.

Haití fue el primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias más difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen a Inglaterra ese histórico honor. Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio que había sido campeón mundial del tráfico negrero; pero la abolición británica ocurrió en 1807, tres años después de la revolución haitiana, y resultó tan poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a prohibir la esclavitud.

Nada tiene de nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo. Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que había que “confinar la peste en esa isla”. Su país lo escuchó. Los Estados Unidos demoraron sesenta años en otorgar reconocimiento diplomático a la más libre de las naciones. Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al desorden y a la violencia. Los dueños de los brazos negros se salvaron del haitianismo hasta 1888. Ese año, el Brasil abolió la esclavitud. Fue el último país en el mundo.

Haití ha vuelto a ser un país invisible, hasta la próxima carnicería. Mientras estuvo en las pantallas y en las páginas, a principios de este año, los medios trasmitieron confusión y violencia y confirmaron que los haitianos han nacido para hacer bien el mal y para hacer mal el bien.

Desde la revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias. Era una colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del hemisferio occidental. Las revoluciones, concluyeron algunos especialistas, conducen al abismo. Y algunos dijeron, y otros sugirieron, que la tendencia haitiana al fratricidio proviene de la salvaje herencia que viene del Africa. El mandato de los ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al caos.

De la maldición blanca, no se habló.

La Revolución Francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había resucitado:

– ¿Cuál ha sido el régimen más próspero para las colonias?

–El anterior.

–Pues, que se restablezca.

Y, para reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de cincuenta naves llenas de soldados.

Los negros alzados vencieron a Francia y conquistaron la independencia nacional y la liberación de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra arrasada por las devastadoras plantaciones de caña de azúcar y un país quemado por la guerra feroz. Y heredaron “la deuda francesa”. Francia cobró cara la humillación infligida a Napoleón Bonaparte. A poco de nacer, Haití tuvo que comprometerse a pagar una indemnización gigantesca, por el daño que había hecho liberándose. Esa expiación del pecado de la libertad le costó 150 millones de francos oro. El nuevo país nació estrangulado por esa soga atada al pescuezo: una fortuna que actualmente equivaldría a 21,700 millones de dólares o a 44 presupuestos totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo llevó el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumplió, por fin, la redención final. Para entonces, ya Haití pertenecía a los bancos de los Estados Unidos.

A cambio de ese dineral, Francia reconoció oficialmente a la nueva nación. Ningún otro país la reconoció. Haití había nacido condenada a la soledad.

En 1915, los marines desembarcaron en Haití. Se quedaron diecinueve años. Lo primero que hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de impuestos. El ejército de ocupación retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se resignó a firmar la liquidación del Banco de la Nación, que se convirtió en sucursal del Citibank de Nueva York. El presidente y todos los demás negros tenían la entrada prohibida en los hoteles, restoranes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para las obras públicas. Y mataron mucho. No fue fácil apagar los fuegos de la resistencia. El jefe guerrillero, Charlemagne Péralte, clavado en cruz contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en la plaza pública.

La misión civilizadora concluyó en 1934. Los ocupantes se retiraron dejando en su lugar una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar cualquier posible asomo de democracia. Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la República Dominicana. Algún tiempo después, Duvalier fue el equivalente haitiano de Somoza y de Trujillo.

Y así, de dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando las desventuras y los años.

Aristide, el cura rebelde, llegó a la presidencia en 1991. Duró pocos meses. El gobierno de los Estados Unidos ayudó a derribarlo, se lo llevó, lo sometió a tratamiento y una vez reciclado lo devolvió, en brazos de los marines, a la presidencia. Y otra vez ayudó a derribarlo, en este año 2004, y otra vez hubo matanza. Y otra vez volvieron los marines, que siempre regresan, como la gripe.

Pero los expertos internacionales son mucho más devastadores que las tropas invasoras. País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del Fondo Monetario, Haití había obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron negándole el pan y la sal. Le congelaron los créditos, a pesar de que había desmantelado el Estado y había liquidado todos los aranceles y subsidios que protegían la producción nacional. Los campesinos cultivadores de arroz, que eran la mayoría, se convirtieron en mendigos o balseros. Muchos han ido y siguen yendo a parar a las profundidades del mar Caribe, pero esos náufragos no son cubanos y raras veces aparecen en los diarios.

Ahora Haití importa todo su arroz desde los Estados Unidos, donde los expertos internacionales, que son gente bastante distraída, se han olvidado de prohibir los aranceles y subsidios que protegen la producción nacional.

En la frontera donde termina la República Dominicana y empieza Haití, hay un gran cartel que advierte:

El mal paso al otro lado: está el infierno negro. Sangre y hambre, miseria, pestes.

En ese infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la costumbre de recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría, recortando y martillando, sus manos crean maravillas que se ofrecen en los mercados populares.

Haití es un país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad. Allí yace, como si fuera chatarra. Espera las manos de su gente.

domingo, junio 26, 2011

La medalla que monseñor Alberto Luna no recordará

Tomado de: http://expreso.ec/expreso/plantillas/nota_print.aspx?idArt=2314163&tipo=2

Quienes mejor lo conocen aseguran que no era consciente de lo que ocurrió ese día. Cuando el presidente de la Asamblea Nacional, Fernando Cordero, se inclinó ante su silla de ruedas para colgar de su cuello la medalla Vicente Rocafuerte al mérito social, él lucía ausente y como perdido en sus laberintos interiores. Por un momento, la cinta tricolor y el vistoso disco dorado que pende de ella llamaron su atención. Luego los olvidó y fijó su mirada en el infinito. No escuchó los discursos que las autoridades pronunciaron en su honor ni identificó a las personas que se le acercaron para felicitarle, estrecharle las manos y sacarse la foto con él. No dijo palabra. Monseñor Luis Alberto Luna Tobar (Quito, 1923), el obispo ecuatoriano más importante del fin de siglo, tiene alzhéimer.

"No me reconoció": para Juan Cuvi, su amigo y colaborador cercano, la experiencia de visitarlo en la Casa Sacerdotal Sagrado Corazón, el asilo para religiosos ancianos donde permanece recluido, fue dolorosa y frustrante. Lo mismo experimentó la persona que, hace un mes, le llevó la que pudo ser para él la más triste de las noticias: la muerte de su mejor amiga, Belén Andrade, que lo acompañó en Cuenca durante todo su obispado y con quien trabó una relación tan estrecha que llegó a considerar a sus nietos como los suyos propios. Luna escuchó la noticia pero no reaccionó.

La vida de quienes padecen esta enfermedad degenerativa, incurable y terminal, transcurre al margen de las experiencias cotidianas. No hay retorno. Por eso, la intención de Fernando Cordero de homenajearlo "en vida" llega tarde. Hace poco más de un año, en enero de 2010, Alberto Luna Tobar aún tenía la lucidez suficiente como para interpretar el país y distanciarse de un gobierno al que le habría gustado apoyar. A Susana Klinkicht, periodista de diario Hoy, concedió una de sus últimas entrevistas. Ahí dijo: "el país esperaba un distinto sistema de gobierno… El presidente se ha defraudado a sí mismo". ¿Habría aceptado el homenaje del oficialismo en ese momento? ¿Se lo habrían ofrecido?

No parecen plantearse estas preguntas quienes ahora lo llevan al estrado. Ahí están, junto a Cordero, el vicepresidente Lenín Moreno, obispos y arzobispos, asambleístas del movimiento PAIS, funcionarios de gobierno, alcaldes y prefectos, ministros y ministras vistiendo sus mejores galas y componiendo para la ocasión su mejor cara de circunstancia.

El auditorio Benedicto XVI, de la Casa Sacerdotal de Conocoto, presidido por una sencilla y hermosa cruz de madera tallada, está lleno a reventar. Al frente se sientan las autoridades ante las banderas de Ecuador, el Vaticano y la Asamblea Nacional, apenas una tela blanca con el logotipo bordado en medio. El acto empieza en ausencia del homenajeado. Lo introduce un maestro de ceremonias de bien modulada voz que, con sus palabras, marca la pauta y el estilo de todo lo que vendrá luego: "Padre Alberto, taita cura, estamos aquí contigo para decirte gracias por tanto amor que nos has dado".

Desde el techo se descuelga una pantalla gigante sobre la que se proyecta un vídeo con la semblanza que todos quieren ver: la del hombre de "pensamiento libertario" que hizo "temblar a gobiernos tiránicos", el que pasó de ser "cura de los ricos" como párroco de la pelucona iglesia de Santa Teresita de Quito, a heredero de Leonidas Proaño en la causa de los desposeídos. La sala estalla en aplausos cuando, en una imagen de archivo de la época en que se oponía a la dolarización, el entonces arzobispo de Cuenca declara: "tenemos un sucre pobre pero nuestro". Es el monseñor Luna en que todos se reconocen.

No despiertan el mismo entusiasmo otras dos citas notables que constan en el vídeo; una de Belén Andrade: "Monseñor siempre ha defendido el derecho de opinar, de discrepar"; otra del propio Luna: "Lo esencial de la naturaleza del hombre es la libertad, condición supeditada al conocimiento y a la voluntad".

Luego de que el actual arzobispo de Cuenca, Luis Cabrera, agradeciera al público por su presencia y el secretario de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana leyera el acuerdo ministerial en el que se cataloga al homenajeado como "uno de los mayores exponentes del humanismo latinoamericano", el maestro de ceremonias anuncia, su "presencia física". "Como sorpresa", dice.

Público de pie, gente de puntillas para verlo entrar, miradas que lo buscan en la puerta posterior del auditorio, la que da directamente al escenario, donde ya empiezan a moverse los guardias de la escolta legislativa. Ovación cerrada.

La silla de ruedas de Luna Tobar es conducida directamente al lugar que le tienen reservado, entre el presidente de la Asamblea Nacional y el vicepresidente de la República. Abrazos de ambos funcionarios, que sorprenden pero no incomodan al enfermo. Fernando Cordero le pone la medalla sin ninguna ceremonia y toma y sacude, con las dos manos, la derecha del ex arzobispo. Lenín Moreno le sujeta la izquierda, le acaricia el brazo, le da palmadas en el hombro.

Luna responde a estas muestras de afecto con el gesto de indescriptible dulzura que caracteriza a los enfermos de alzhéimer cuando experimentan el contacto humano. Sonrisas de autosatisfacción iluminan los rostros de ambos funcionarios.

Del exarzobispo de Cuenca nadie espera otra respuesta. El protocolo de las ceremonias oficiales exige, en estos casos, que a la entrega de la medalla siga un discurso de agradecimiento por parte del ungido, así que los organizadores se han permitido delegar a otro para que lo haga por él. Habla Marcos Matamoros, vicario de educación de la Arquidiócesis de Cuenca, con arrebatada inspiración: "nos mostró a Dios -dice- tejido con paja toquilla, ardiendo en la brasa donde se fríe el cuy", que, por cierto, no se fríe, se asa. Vuelve a hablar el maestro de ceremonias, en el mismo registro, para describir con entusiasmo al ser humano ejemplar, aquel que era "capaz de quitarse los zapatos para calzar al pobre, nuestro obispo, el de los pies descalzos".

El presidente de la Asamblea dirige su discurso a los ciudadanos del mundo, declara a Luna Tobar "el hombre nuevo", vocativo hasta ayer reservado para el Che Guevara, y lo llama "Monse", orgulloso de la confianza con que se permite hacerlo: "así lo llamamos un grupo de amigos", dice. En realidad, todo Cuenca lo ha llamado de esa manera desde sus años de arzobispado. En esa ciudad, Alberto Luna Tobar continúa siendo "el Monse".

Termina Cordero su corta intervención, que llevó escrita, y se repite la rutina de estrujones, palmadas cariñosas en el hombro, sobadas de brazo, sacudidas de una mano con ambas manos firmes y apretadas con que él y Lenín Moreno agasajan a Luna.

Del discurso que improvisa a continuación el vicepresidente de la República poco hay para decir, salvo que cita las únicas palabras de Bertolt Brecht, el dramaturgo alemán, que suelen repetir los amantes de Silvio Rodríguez, el cantante cubano: "hay hombres que luchan un día y son buenos…". "Nadie mejor que usted, taita cura, para encarnar al ser imprescindible del que habla Brecht: el que lucha toda la vida". Tomándole de la mano le da las gracias "por haber sido usted mismo" y termina con una emocionada exclamación: "usted y monseñor Proaño, ¡qué par!". Estrujones, palmadas en el hombro, sobadas de brazo, sacudidas de mano con dos manos. Fin.

El público se pone de pie para aplaudir. Cordero y Moreno, con Luna en el medio y sin soltarlo, sin abandonar el escenario, posan para la nube de fotógrafos que se abalanza hacia las primeras filas en busca de su imagen. El coro del Consejo Provincial de Pichincha interpreta el famoso tema de Joan Manuel Serrat sobre un poema de Antonio Machado, "caminante no hay camino". "Compañeros fotógrafos -llama el maestro de ceremonias-, si quieren hacer esta toma, por favor en orden. Todavía tenemos un par de minutos". Ahí se quedan las autoridades posando con el obispo, el tiempo que dura la canción.

Juntos salen todos por la puerta de atrás del auditorio, al son del Himno a la Alegría. Afuera, los funcionarios de gobierno y los asambleístas de PAIS se multiplican para atender a los periodistas, que los interrogan en pequeños grupos sobre los temas de coyuntura para el noticiero del mediodía. Irina Cabezas se divierte con un grupo de amigas que están encantadas de conocer a una legisladora: "llévame Irina, llévame a una sesión, por favor -le ruega una de ellas-, en reemplazo de Pepito Pérez aunque sea, llévame".

Alberto Luna Tobar tuvo la fortuna de no volver a ser visto. Ahí quedó con la medalla Vicente Rocafuerte de la Asamblea Nacional, con su cinta tricolor y sus destellos dorados, mientras los autos oficiales devolvían a los funcionarios a sus rutinas políticas.